EL GESTO QUE HABITO

JEAN PETITPAS

14 diciembre 2019 – 11 enero de 2020
“Me gusta el arte de hoy porque me gusta la luz sobre las cosas
como a todos los hombres, inventores del fuego “
Guillaume Apollinaire

Exposición de un Nómade en la Escultura

La relación con Jean Petitpas ha estado poblada de una serie de intentos fallidos de trabajar en un proyecto común, quedando como remanente único y valioso, como fondo del paisaje humano, el intento mismo con su sombra adherida e inseparable de la amistad, que no es poca cosa. Este escrito lo es por lo tanto desde una proximidad sin complicidad.

El talante errante de su espíritu nómada se nutre o alimenta de su permanente inquietud. Su ser movedizo lo lleva de un lugar a otro, cargando su hacer como escultor o mejor, impulsado por su afán creativo que requiere siempre de una cierta incomodidad. Petitpas es un escultor de la intemperie. La intemperie entendida como radicalidad frente al oficio.

La primera Exposición que visité se instaló en calle Compañía, la cual albergada en un palacio a medio construir o a medio destruir, revelaba un modo de estar confortable en medio de una cierta incomodidad, un cierto desapego por lo terminado y cerrado. Un estado intermedio, en tránsito entre lo cierto y lo incierto como una expresión de lo que toda obra tiene: un no saber sabiendo. Toda obra es una deriva de lo conocido a lo desconocido, un estado de alerta, que permite buscar lo desconocido, para salir “de lo que se sabe hacer, porque lo que se sabe hacer ya está hecho” en palabras de Chillida.

La incertidumbre es un estar inquieto acerca de lo que hay que hacer. Saber cuando la obra está encaminada y cuando está terminada. Que nuevo espacio creativo se abre y como recorrerlo. Así como en el dibujo son importantes los trazos que están en el papel y también los que no están, en la obra escultórica esto es también válido. Qué decir y que callar.

La Abstracción es el ámbito espiritual en el cual se desenvuelve la obra creativa de Petitpas, que puede tener múltiples vertientes. Por una parte, el espacio formativo de la Escuela de Valparaíso, ámbito en el cual se forma plástica y espiritualmente Jean con aperturas al Arte Concreto. Hay que reafirmar que la Escuela tiene como parte fundamental de su andamiaje formativo la abstracción, camino que se abre desde sus primeros días en los ya lejanos días de la mitad del siglo XX.

El acto creativo en “el espacio puro de la escultura” que nombraba Fabio Cruz, es un ámbito de libertad sin restricciones, si esto fuera posible, que es presencia y no representación de nada que no sea su propio ser escultórico. No sólo dibuja el mundo, sino que lo reinterpreta completando la creación heredada.

Por otra parte, está la libre elección y el tácito acuerdo en que la Abstracción hace posible el desenvolvimiento de la potencia creativa sin nostalgia por la figura de mundo ya consolidada, y abierta a un nuevo espacio campo de exploración por medio de los instrumentos de precisión con que trabaja el escultor. Permite dibujar un nuevo mundo que desde lo individual se entrega a los demás en algo que Subirats denomina “el deber civilizatorio del arte”.

El arte en la Abstracción es un quehacer propositivo que rechaza o se distancia de cualquier compromiso con lo políticamente correcto y busca el alfabeto, las palabras y las oraciones que serán fundamento y manifiesto de su talante creativo, buscando reposar en la paz creativa de lo que hay que hacer que es lo opuesto de la modorra en la comodidad anoréxica de lo domesticado. Elegir la abstracción es también elegir la incomodidad, la renuncia que señala Apellinare a “todos los medios de agradar utilizados por los grandes artistas de tiempos pasados “.

Otro momento: La Exposición en la Cripta de Sacramentinos, en los fundamentos y espesor del suelo de Santiago, fue un tiempo propicio para tratar de hacer que la obra sea un recipiente de luz, llevando la luz gastada hasta las formas suspendidas en la penumbra haciendo que en ellas repose y anime la presencia en reflejo de la más delicada de las materias sobre los materiales que construyen las obras, en ese caso bronce y cedro.

La escultura y el arte en general trata de ser espíritu sobre la materia. Las palabras de Apollinaire y Kandinsky sobre la naturaleza leve de la obra de arte tiene más de un siglo. Pero seguimos volviendo a experimentarla y revivirlas en cada ocasión. La pregunta nada obvia de ¿que es arte?, implica un tránsito desde la materia inerte a la materia poblada de espíritu de su creador. Es materia poética y como tal hecha de palabras que son el material de la poesía, pero no son tal a menos que traspasen los meros sentimientos y penetren profundamente en el alma humana. El arte ilumina zonas del universo no conocidas, no abierta aun, son obras de exploración. Es cierto que muchas resuenan con las aperturas de la ciencia, pero otras son obras de anticipación, como lo señaló Duchamp en relación con la obra de Matta: “Matta nos muestra regiones del universo que aún no conocemos “. Traen luz estelar sobre la materia.

En el Taller de la calle Root se formulaba de otro modo el estar cómodo en lo incómodo, en lo abierto creativo y espacial en un lugar amplio y provocativo. Es un modo de decir que la obra requiere de una permanente inquietud e inconformismo. Una piedra en el zapato como acicate ante la peligrosa quietud, el mar de los Sargazos. No hay que confundir la paz creativa con el dejarse estar. Ya sabemos que el detenerse de las musas en su peregrinaje requiere que se las esté esperando en acción. El ora et labora.

El Taller de Almirante Barroso, situado en la intimidad de una casa abierta a un patio que resguardaba en su encierro la necesaria concentración para el hacer del escultor, con la necesaria y abundante dosis de silencio y soledad. Madera de haya y Cedro, con los cortes y recortes que irían encontrando su espacio en el total y que, mediante fragmentos con sentido de totalidad, permitirían articular lo continuo en relación con el otro componente de la obra que es la mirada del contemplador. En efecto, las obras de Petitpas se estructuran en tanto objetos construidos en base a partes de un total, mosaico final que es desconocido hasta para la mirada y la mano y van encontrando su entidad en un trabajo de ensamblaje y marquetería, de nudos de compresión que permiten desplegar unos rizos de tracción, expandidos al aire que rodea la obra hasta una distancia límite en que actúa aun la fuerza gravitatoria compositiva. Un acto de tanteo como el acto de la joven de Rilke que recoge flores sin saber como será la forma final del ramo.

Muestras colectivas en el centro Cultural Cerrillos y exposición colectiva de artistas chilenos en Francia. El compartir con otras obras requiere de un cuidado de las distancias y aire propio y aire común.

Ahora en Cachagua, las obras oxidándose frente al mar. Nudos que se configuran por medio de hilos de bronce en las manos del hilador. Escala menuda en la medida del Bonsái que no por ello renuncia a la potencia contenida, siendo su tamaño justo y no una permanente nostalgia de un tamaño mayor no conquistado. Cada escala tiene sus potencias. Es hora de hablar del hacer manual. La escala de la mano.

Las obras de Petitpas son actos de la mano. La dificultad, y también la alegría del arte es traer a presencia lo no visto, algo secreto que está dentro de la materia y de las manos que es de orden metafísico, está más allá de la física, pero dentro del dominio humano.

La acción mano, así como la actividad poética, es un acto revelador, de desocultamiento que significa traer a presencia algo no visto, desconocido para todos comenzando por el mismo artista, lo cual requiere entrar en ese misterio – el misterio es algo superior a la verdad – como señaló el poeta Maquieira – por medio de la sensibilidad, nuestra única linterna. Esta sensibilidad profunda es un don peligroso porque obliga a entrar a fondo en la alegría y el dolor. Ver lo oculto es privilegio de un saber ver, que se nutre por medio de la dedicación, persistencia, con talento no burocrático es decir con amor y odio. La huella humana es muy necesaria porque constituye un acto de resistencia ante los peligros del facilismo tecnológico y el distanciamiento del autor y obra. Algo de las manos queda en la obra, impregnando del propio ser el hacer.

La obra escultórica de Petitpas conforma un conjunto de elementos emparentados por un mismo aire: la serie. La serie tiene amplio prestigio en el campo de la creación , porque permite abordar desde múltiples posiciones las posibilidades que abre una obra y que no se agota en el ejemplar único – Monet en Rouen -.Todo puede ser visto por primera vez , ese es el regocijo del hacer en el arte , se asiste al nacimiento de un nuevo ser , que hay que nombrar y ponerlo delante de Adán como en el Paraíso Perdido de Milton , para que dándole nombre el hombre lo establezca y posicione dentro del mundo y tenga un dominio amable sobre ello. También una nueva mirada permite entrar en el secreto de lo visto, lo escurridizo, que se entrega en nuevas aproximaciones que la enriquecen sin devaluarla porque el hombre en tanto ser único e irrepetible, transmite su individualidad a su obra como regalo de su ser contenido en la materia. La obra resiste muchas miradas. Un reposo lento sobre las creaciones en estos tiempos de velocidad en que lo importante se nos escurre entre los dedos de las urgencias.

Por último, en tiempos de crisis, en que todo tiembla, el oficio es un refugio de resistencia, trinchera creativa y también vanguardia como lo señalaban los modernos. Todo puede temblar menos el oficio, por ello es bueno decir parafraseando a Huidobro:” pero tú Escultura no me has abandonado ni un solo instante”.


Alex Moreno
Arquitecto
El gesto que habito
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